Los ojos bizcos del sol (1): Transcrepuscular

Hace casi tres semanas que acabé de leer esta primera entrega de la trilogía biopunk de Emilio Bueso, pero hasta ahora no he sido capaz de escribir sobre ella, por mucho que la intención inicial fuese compartir mis impresiones de inmediato. Y no ha sido tanto por falta de tiempo como por la necesidad de digerir el asunto. El potencial alimenticio de los insectos es indudable pero hay que echarle estómago. Y aceptar que te revienten la incredulidad a pedazos.

Transcrepuscular es el primer tomo de los tres libros que conformarán la saga Los ojos bizcos del sol. Me siento tentado a pronunciar aquello de que estamos ante el proyecto más ambicioso de Emilio Bueso, pero es que ambiciosas lo han sido todas sus obras hasta la fecha, entendiendo la ambición como la voluntad de desubicar ciertos temas y tramas y de usar el lenguaje como un arma blanca recién afilada.

Me detengo un momento en el tema del lenguaje. Sin desmerecer la labor en la construcción de personajes y argumentos, lo que más me enganchó de Bueso fue su estilo narrativo. Siendo capaz de mantener la voz de cada personaje en su lugar, siempre se observa un supernarrador en todos sus relatos, sean en primera o tercera persona. Eso, que en otros escritores podría ser considerado un defecto, a Bueso le funciona estupendamente. Se convierte en marca de la casa, en aquello que hace que siempre valga la pena leerle, escriba sobre lo que escriba. En Transcrepuscular me he encontrado con la sublimación de este estilo. Aquí el lenguaje provoca como nunca y forma parte de las mismas incógnitas que propone la obra. Cuando parece que nos estamos adentrando en el terreno de la fantasía, resulta que oímos hablar a los personajes y nos quedamos a cuadros. Es como si la acción quisiera ponernos una trampa para hacernos creer que nos encontramos ante el esperado universo fantástico de evasión, para luego aparecer el estilo crudo, incisivo y directo de Bueso y darnos un par de sopapos buenos, que nos mantiene tensos.

En mi caso, las primeras páginas fueron un poco como, vale, no lo estoy pillando, para luego ir aceptando lo inaudito, cada vez con más ganas. ¿Será capaz el tío de meternos una oruga gargantuesca a modo de tren? ¿Y de hacernos creer en una viscosa simbiosis entre sistemas nerviosos humanos y moluscos? ¿Y monturas a base de insectos gigantes? ¿Y saqueadores ventrílocuos? ¿Y astrología? ¿Y ruinas perdidas? ¿Y tecnología místico-obsoleta? Bueno, da igual, dicho así puede que alguien piense que ha leído algo de eso en alguna obra de ciencia ficción, pero yo os digo que no, que esto es una mezcla de todo eso y mil cosas más que no dejan de sorprender. Y es que, volviendo al tema del estilo, estamos hablando de Emilio Bueso, así que contad con su gravedad y sajante ironía habitual. No es Terry Pratchett, no. Aquí vamos a descubrir algo que pondría cachondo a Cronenberg en sus mejores tiempos. Es una lectura incómoda, inquietante y fascinante a partes iguales.

En Transcrepuscular el reto era mayúsculo pero Bueso está desatado. Escribir una trilogía requiere gran compromiso con los detalles y una panorámica de vértigo sobre los arcos argumentales. Y un complejo y pausado desarrollo de los personajes. Y si, como es el caso, se trata de una obra de ficción dura, pues también está lo de crear un nuevo mundo desde cero. Eso me sonaba a unas riendas demasiado apretadas para un salvaje de la pluma. No por dudar sobre su creatividad, sino por su carácter inquieto y sus impulsos transgénero. ¿Pues dices tú de wordbuilding? Bueso sacará los colores a más de un autor que se vende como revolucionario en el contexto de la fantasía y la ciencia ficción. En sus anteriores obras no había dejado lugar a dudas sobre su capacidad para la descripción y la atmósfera, pero se movía por la periferia de los territorios comunes. En parte siempre lo sentí como algo necesario, como una base para el caos que luego suele generar en sus argumentos. Pero aquí se demuestra que el autor puede saltar sin red y que la cosa sigue funcionando. Eso no quiere decir que Bueso esté improvisando, en plan desbocado. Al contrario. Los andamiajes son sólidos y tiran de las estructuras que sostienen cualquier relato sobre el viaje del héroe, sólo que los arquetipos y los puntos de giro se pervierten lo suficiente para que uno ande con la lengua fuera tratando de mantenerse a flote. El héroe, sin ir más lejos, es de libro, de cajón, y cumple todas las funciones que debe cumplir para guiarnos por el relato. Tiene esa cualidad neutral y pseudo-universal que hace que podamos subirnos a su libélula y ver a través de sus ojos con cierta credulidad. Sentirse cómodo y situado en este lugar es difícil, así que se agradece que Bueso nos haya dado un agarradero firme en la figura del Alguacil.

Me doy cuenta de que ando esquivando el hablar demasiado sobre las mil sorpresas que depara Transcrepuscular, y es que no quiero chafarle la experiencia a nadie. Yo tuve la suerte de leer uno de los ejemplares de cortesía previos a la publicación, así que no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar, y eso fue parte de la increíble experiencia. Esta obra hay que descubrirla con la mente abierta y, a ser posible, sin que ningún gasterópodo gobierne tus impulsos. Es salvaje y agridulce como ella sola. Podría hacer historia.

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