Calle Cloverfield 10

Tras un primer visionado de Calle Cloverfield 10 en pantalla grande, mis sentimientos son encontrados. Hay en la película elementos extraordinarios que son dignos de alabanza y otros que merecen reprimenda. En la mayoría de comentarios que he leído, se repite que los puntos positivos eclipsan  los “pequeños defectos” que alberga el film. En parte es cierto; mientras ves la película, todas esas debilidades quedan eclipsadas por una tensión muy efectiva. Pero basta con salir de la sala y comentarla para que ciertos deslices comiencen a empañar su aparente genialidad. Y es una lástima, ya que esos deslices marcan la diferencia entre lo que podría haber sido un film extraordinario y que ha acabado siendo resultón. Bueno, muy resultón, lo admito.

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Calle Cloverfield 10 es de esas películas que guardan un gran secreto para el final. Si no sabes nada del argumento, te recomiendo desde ya que abandones la lectura de esta reseña y de cualquier otra que pueda destriparte el placer de descubrirlo en primera persona. Si ya conoces la relación entre esta película y el film Cloverfield de 2008  (bautizado en España con el sutil título de Monstruoso), sabrás por donde van los tiros en cuanto a la metatrama. La principal diferencia entre ambas películas es el enfoque, un salto de género desde la acción desenfrenada en formato metraje encontrado de la predecesora, hasta el enfoque de thriller en tercera persona de la que hoy nos ocupa. Ese cambio de planteamiento las convierte en films totalmente diferentes en su forma de aprovechar un mismo fondo. En Calle Cloverfield 10 la metatrama es un recurso más, uno muy relevante pero que se suma a otros factores de desasosiego para potenciar la tensión. Crear el vínculo entre ambas películas es una de esas brillantes ideas que solo nacen en equipos como el de Bad Robot, la productora del nuevo rey midas del cine, J.J. Abrams.

Menage a troi

Tras una breve secuencia inicial en el exterior, la película transcurre en un escenario subterráneo muy bien delimitado. Como espectadores, seguimos de cerca a Michelle (Mary Elizabeth Winstead), una mujer que ha visto interrumpida su inestable vida cotidiana para acabar encerrada en un búnker. Allí manda Howard (John Goodman) un tipo incómodo y obseso de la seguridad, el orden y el control, que lleva media vida preparando su rincón subterráneo para cuando ocurra un desastre. El tercer ocupante es Emmet (John Gallagher Jr.), un tipo algo melifluo que consiguió colarse en el búnker poco después de que aquello que ocurrió afuera diera lugar.

El ochenta por ciento de la historia sucede en los cuatro o cinco habitáculos que configuran el búnker y se apoya de manera absoluta en los tres personajes, que adquieren pronto sus posiciones y roles en la manada.

Es precisamente cuando se intenta transgredir esos roles que se generan los conflictos, sin demasiada escala de grises. Era vital encontrar actores solventes para sustentar algo así, y hay que reconocer que el cásting ha sido muy bueno. Goodman ocupa su espacio con rotundidad, a todos los niveles, en un papel ambiguo e inquietante que solo puede ejecutar alguien con muchas tablas. Y Mary Elizabeth Winstead acierta de pleno en la interpretación de un personaje creíble (solventando incluso los deslices del guión) en una situación increíble, sin abandonar el punto sexy que tanto agradece parte de la audiencia. Uno de esos papeles que marcan una carrera y que podría catapultarla a nuevas cotas de popularidad.

Dentro de los límites del búnker, las acciones suelen tener rápidas consecuencias y los errores se pagan caros.

Howard erige un ecosistema desde la filosofía del conmigo o contra mí, tan tensa, oblicua y restrictiva que lleva al límite a Michelle y a Emmet, animándoles a buscar una salida a su situación, por arriesgada que sea. La alternativa no parece esperanzadora: algo ha ocurrido afuera, algo terrible, y salir parece que comporta la muerte. Ese parece que acabo de usar es el picor, el regomello y la inquietud de la historia, ya que, al igual que la protagonista, no estamos seguros de la realidad que hay más allá de las puertas del búnker. Michelle solo puede fiarse de las historias que Howard y Emmet cuentan sobre lo ocurrido. Algo que, por supuesto, no pienso revelar.

Glorias y lapsus

Al comenzar he tratado de avanzar que Calle Cloverfield 10 es un producto que funciona muy bien durante su visionado, pero que desinfla cuando se analiza con más profundidad. Trataré de destacar ahora algunos de sus principales virtudes, en contraste con algunos defectos.

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Los puntos de aplauso de la película son varios, comenzando por los impresionantes créditos de inicio que auguran algo grande: ideas sencillas resueltas con gran acierto y un montaje preciso, clínico, en el que la música, a cargo de Bear McReady da pronto un paso adelante y saca pecho. Las buenas interpretaciones y el talento de los guionistas consiguen, sin lugar a discusión, una tensión constante, de las que remueven el flujo sanguíneo. La dosificación de la información, en general, funciona muy bien, en cuanto a la relación entre los protagonistas y los sucesos del mundo exterior, consiguiendo una interesante sensación de angustia y paranoia.

Los defectos, por otro lado, tienen que ver con la arbitrariedad que tiene el guión a la hora de mostrarnos reacciones lógicas por parte de los personajes, en contraste con otras muy inverosímiles que, a nivel personal, llegaron a romper la suspensión de mi incredulidad en algunas ocasiones, algo que cuesta de digerir en un film de estas características. Por poner un ejemplo, ya que hay varios de este tipo: Michelle se da cuenta, durante la primera cena en común, de que Howard lleva colgadas las llaves (las de la salida, entre ellas) en su cinturón. En lugar de buscar una ocasión calmada y propicia para intentar hacerse con ellas, le da por provocar un conflicto emocional en la mesa, con la intención de que Howard se enfade, se moleste y la increpe, momento que ella aprovechará para robárselas. Cuesta no pensar en que hay dos millones de maneras mejores de tratar de conseguir esas llaves, que no la expongan a la ira de su captor, un tipo del todo desconocido para ella. No resulta creíble. Como tampoco resulta creíble que Howard, en algunas unas ocasiones trate a sus invitados como si fueran presos y otras les motive a ser como una familia. Esto último podría sustentarse en un desequilibrio mental de Howard, claro, pero tal como se desarrollan las cosas resulta inconsistente.

Un final valiente pero desproporcionado

Ojo que voy a spoilear duro a continuación. El final, tan aplaudido por la gran mayoría de espectadores, sufre también de la dicotomía entre lo soberbio y lo poco verosímil. Vaya por delante que me encantan las películas que se atreven con finales de corte sobrenatural o que expongan, sin tapujos, elementos irracionales. Pienso en algunos ejemplos como La Niebla (2007), Mamá (2013) o la más reciente Babadook (2014); me parecen valientes. Calle Cloverfield 10 también lo es, al mostrarnos de forma explícita la pesadilla que hay afuera, pero comete el error de forzar en exceso los límites del personaje protagonista.

Afrontar los propios miedos y limitaciones es una motivación estupenda, y en historias de corte épico se digiere bien que el protagonista alcance una dimensión heroica trascendental, pero en una historia que se ha mantenido en una línea realista y moderada, donde se nos ha inoculado un terror mayúsculo ante la amenaza exterior, convertir a Michelle en Lara Croft es mucho pedir al espectador.

No es que la película falle en este punto, es que se mueve hacia un territorio diferente y exige entrega absoluta. Por mi parte no la tuvieron, bien al contrario, me sentí algo defraudado por el cambio de registro. Otros han aplaudido la secuencia como algo realmente memorable, tal vez emocionados por el acercamiento a ese Monstruoso de 2008.

Por cierto, me quedo con ganas de saber qué ridículo efecto tiene esa terrible fumigación que cae sobre la cabeza de Michelle y que, minutos después, no le supone ningún problema, incluso sin su máscara antigás. Tal vez me perdí algo.

Concluyendo

Calle Cloverfield 10 es un film que lo ha dado todo para complacer a ese espectador superficial e inmediato que todos llevamos dentro, el que reacciona visceralmente ante lo que ve en pantalla, pero que subestima al otro espectador más profundo y exigente. Hay demasiados trucos y efectismos, demasiados atajos y demasiadas prisas por entrar a matar en el epicentro del drama. Se han perdido algunas cosas en el camino que, aun a riesgo de haber originado un film algo más largo y no tan intenso en todas sus escenas, le hubieran otorgado elementos para afrontar una buena crianza a largo plazo, la que necesitan los clásicos del futuro.

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