Takahata, el otro maestro de Estudio Ghibli (II)

En la primera parte de este post me centré en los inicios del sensei de la animación, Isao Takahata, así como en su fructífera etapa a cargo de series animadas tan populares como Heidi, Marco o Lupin III. En esta segunda y última parte, descubrimos su etapa en Estudio Ghibli, donde todo su talento se desborda dando lugar a sus grandes masterpieces.

En 1984 el Estudio Ghibli estaba arrancado con gran fuerza. Hayao Miyazaki y su equipo estaban planificando la ambiciosa Nausicaä del Valle del Viento, un film que debía marcar las bases de la calidad y la dimensión técnica y narrativa del nuevo estudio. No por casualidad, la palabra Ghibli alude a un tipo de viento que sopla en el Sahara; toda una declaración de intenciones sobre esos nuevos vientos en el desierto de la animación que el nuevo estudio quería abanderar. Había mucho que hacer y Takahata se arremangó a base de bien, haciendo de productor en Nausicaä y la posterior El Castillo en el Cielo (1986), un film que pese a su carácter fantástico representa una de las historias bélicas mejor narradas en el cine.

A finales de los 80 estaba a punto de suceder uno de los grandes hitos en la carrera artística de Takahata. En 1987 había dirigido el documental de imagen real The Story of Yanagawa’s Canals, una curiosa excepción a una carrera dedicada casi en absoluto a la animación. Este documental fue producido por el mismo Miyazaki gracias a los royalties obtenidos con Nausicaä, en un alarde de amistad y de interés por el trabajo de su colega. Y no debía ser el único que apreciaba el talento de Takahata, ya que solo un año después se le propondría dirigir el primer film para Estudio Ghibli, La Tumba de las Luciérnagas (1988), considerada aun hoy la obra cumbre de su carrera y un hito en la historia de la animación. Este film forma parte del Olimpo de grandes obras anti-belicistas del celuloide, como La lista de Schindler o El Pianista, y al igual que ellas pone su acento sobre el sufrimiento y la impotencia que provoca la guerra sobre los más desfavorecidos. En el caso de La Tumba de las Luciérnagas, los protagonistas de la historia son un niño y su hermana pequeña, que tratan de sobrevivir en su Japón natal a los estragos de la IIª Guerra Mundial. Demoledora y hermosa a partes iguales, esta obra supuso un antes y un después en la legitimación del cine animado como medio para explicar historias dramáticas y adultas. Estrenada al mismo tiempo que Mi Vecino Totoro, otro film de Estudio Ghibli, sufrió un impacto comercial mucho menor. Mientras que Totoro era alegre, optimista y estaba destinada a un público infantil, La Tumba de las Luciérnagas era una de las primeras aproximaciones a la animación para adultos, tratando además un tema sumamente incómodo. Esos resultados comerciales tibios no evitaron que la crítica la elogiara y que el tiempo la haya convertido en la obra de culto que es a día de hoy.

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Durante 1989, y en una nueva excepción en su carrera, Takahata asumió la dirección musical de la banda sonora del siguiente film de Ghibli, Nikki, la aprendiz de Bruja, otra de las grandes obras de Miyazaki. Al año siguiente Takahata volvió a escribir y dirigir se segundo film para Ghibli: Recuerdos del Ayer (1991), al que dediqué un post completo en este mismo blog. Destinada de nuevo a un público adulto, Takahata nos ofrece esta vez una historia más dulce y reposada, en contraste con su anterior film, tratando de resultar más cómodo para la audiencia y de aproximarse a los estándares emocionales del estudio. Y acertó; en taquilla funcionó bien, pese a que no disfrutó de distribución internacional hasta casi una década después. Veo en Recuerdos del Ayer ciertas reminiscencias a Heidi, tratándose de una historia de una niña que desea volver a un lugar especial de su infancia, un lugar transformador que contrasta con la frialdad y la atrofia espiritual de la vida en la ciudad.

En 1994, y tras una etapa de producción que tuvo que ser agotadora dada las virguerías técnicas del film, Takahata trae al mundo PomPoko, un alarde de virtuosismo a todos los niveles, en el que se zambulle en el género del humor y la fábula, no sin sus dosis de drama y alegato ecologista, muy de agradecer. La historia, nacida esta vez la su propia imaginación de Takahata, se centra en una comunidad de mapaches, animales muy populares en Japón a los que se atribuyen capacidades metamórficas. Esto sirve de excusa para establecer un verdadero festival de proezas animadas, en las que veremos a los mapaches transformarse en infinidad de cosas para luchar contra los humanos que tienen en jaque a su comunidad, debido al crecimiento desmesurado de las urbanizaciones que amenazan sus bosques ancestrales. Admito que la obra me superó, precisamente por esa fastuosidad de elementos animados. No estamos hablando de dos o tres mapaches, sino de toda una tribu (a los que se suman algunos miembros de otras tribus cercanas) que no paran de moverse, entrenar y llevar a cabo sus constantes metamorfosis.

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Allí donde la mayoría de directores hubieran evitado meterse, por la complejidad y laboriosidad del proceso, Takahata parece querer tirarse de cabeza y no escatima ni un solo frame. Casi parece que el director aproveche esta producción para quitarse algunas espinitas: el lastre de haber trabajado historias tan costumbristas hasta la fecha o el éxito masivo que su compañero Miyazaki estaba obteniendo, una y otra vez, gracias a sus films cargados de maravillas y fantasía. Bien, pues el resultado es admirable y no deja lugar a dudas de que Takahata no solo es capaz de forzar los límites de la fantasía y la capacidad de sorpresa del espectador, sino que consigue un tremendo éxito en taquilla, al menos en su país natal, por su excelencia técnica y por la increíble revisión de los arquetipos sintoistas. Tal fue el impacto que logró ser la primera película de animación japonesa pre-seleccionada para los Oscar, influyendo en la posterior nominación y galardón de La Princesa Mononoke. No obstante, creo que Pompoko queda diluida un poco en si misma, como obra e historia, y paga el precio de todas sus enormes ambiciones. Es un gran film que hará las delicias de cualquier amante de la animación, pero no llega al corazón como la mayoría de las grandes obras de Takahata.

Animado por los buenos resultados comerciales de Pompoko, Isao Takahata decide seguir vinculado al humor y a elementos de la cultura popular nipona, aunque su nueva película tiene un enfoque muy distinto. Estrenada en 1999, Mis Vecinos los Yamada adapta una popular tira cómica japonesa del mismo nombre. En una decisión valiente y arriesgada a partes iguales, Takahata adopta la estética de la tira cómica, puro cartoon de trazos esenciales y con una estructura narrativa basada en gags. Se intuye una necesidad imperiosa de renovación constante por parte de Takahata, que no contento con los riesgos antes comentados, decide que Mis Vecinos los Yamada sea el primer film de Ghibli animado enteramente por ordenador. Todo este conjunto de decisiones dieron como resultado una obra muy alejada de los estándares del estudio, que supuso el primer fracaso comercial de Ghibli.

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Pese a la resilencia del maestro de la animación, este golpe desembocó en la más larga temporada de desconexión con su trabajo, en la que solo contribuyó tímidamente al proyecto colaborativo Winter Days, un cortometraje animado donde treinta y seis artistas ilustran la misma cantidad de haikus.

Tuvieron que pasar catorce años, hasta 2013, para que Takahata nos brindara su última obra maestra: El Cuento de la Princesa Kaguya. Tratándose de una obra tan reciente cuesta mirarla con perspectiva, pero en su corta vida ya resulta indudable su impacto. Nominada a los Oscar 2015, y alabada de forma unánime por público y crítica especializada, este film supone un espectacular membrete a una carrera que, casi con seguridad, acaba aquí; todo apunta a que sea la última obra de Isao Takahata. Más allá de todo este contexto, me gustaría comentar por qué El Cuento de la Princesa Kaguya supone otro de los hitos de este maestro del storytelling. Lo primero que destaca es la técnica de animación, a todas luces tradicional, en un retorno a la artesanía y la dulzura y expresión de los pinceles y las aguadas, tan valorados en la cultura visual de su país. Como buen maestro que ha alcanzado el cénit de su arte, Takahata se deshace de lastres y accesorios, afrontando la animación con desnudez primigenia. Las delicadas formas, sobre fondos donde predomina el blanco o los tonos apastelados, conminan al espectador a aproximarse a la historia con una sensibilidad diferente, capturado por la belleza de los personajes y sus emociones. Así, liberado, Takahata se vuelve realmente libre y desde ahí, conmueve. Sí, hace uso de ordenadores y técnicas de producción complejas, sin duda, pero las pone al servicio de la simplicidad bien entendida. Tampoco es baladí que la historia esté basada en una de las leyendas más populares de japón, que sin duda debió fascinar a aquel niño que fue Takahata. Eso alimenta el alma del film, porque todo queda en manos del anciano maestro, con toda su experiencia acumulada en su arte, y al mismo tiempo del niño Takahata que amaba las historias y que motivaron una gloriosa carrera dedicada a transmitirlas.

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Takahata nos brinda con su arte, especialmente con su última obra maestra, una gran lección sobre el impacto que una historia puede tener sobre nosotros, sus cualidades transformadoras. El amor que el maestro siente por la naturaleza, por la condición humana y por la sabiduría que encontramos en las pequeñas cosas, supone un aliciente de primer orden para entender el valor del respeto y las consecuencias que nos provoca alejarnos de nuestras profundas motivaciones, de nuestros ser esencial. Y, de manera muy especial, Takahata nos enseña lo que significa aprender de nuestros errores; mejor dicho, de lo que otros quieren imponernos como errores. Si en lugar de estar al servicio de las historias lo hubiera estado del éxito y el dinero, seguro que no estaríamos disfrutando de joyas tan irremplazables. Takahata supo sacar partido de cada paso que dio. ¿O acaso La Leyenda de la Princesa Kayuga no bebe de su experiencia técnica en la “fracasada” Mis Vecinos los Yamada, por poner solo un ejemplo muy superficial?

Por todo esto, y pese a la brillante y maravillosa cortina que supone el trabajo de Miyazaki cuando valoramos las grandes obras de animación, es indudable que Takahata es el otro maestro, el que nos deja obras de culto que podremos re-visitar una y otra vez y que, a su manera, alcanza lo sublime desde otros caminos menos populares.

También podría interesarte el post completo que dediqué al film Recuerdos del Ayer, de Takahata.
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