Ex Machina, la nueva genialidad de Alex Garland

Si tuviera que señalar a un escritor al que admiro profundamente y por el que siento la más absoluta de las envidias creativas, ese sería Alex Garland.

Este británico publicó su primera novela en 1996, The Beach, adaptada al cine por Danny Boyle unos años después. La misma suerte corrió The Tesseract, su segunda novela, convertida en film por Oxide Pang. Para entonces la relación de Garland con el cine era firme y lucrativa, así que en 2002 ya escribía guionesde forma directa para films de la talla de 28 Days Later y Sunshine, también para Danny Boyle, todo ello sin abandonar su faceta de novelista, como demostró al publicar The Coma en 2004. Los siguientes años fueron intensos para Garland aunque menos interesantes a nivel de resultados, adoptando un rol mixto de productor o co-productor (además de guionista, en algunos casos) de los films 28 Weeks Later, Never Let Me Go y Dredd, además de hacer sus pinitos supervisando el storytelling de los videojuegos Enslaved y Devil May Cry.

Hoy quiero hablarte de Ex Machina, su trabajo más reciente, un film donde ha asumido por vez primera la batuta de director, amén de haber realizado el guión y donde su talento ha vuelto a deslumbrarme.

La sinopsis de Ex Machina
El protagonista es Caleb Smith, un brillante programador que trabaja para Bluebook, la empresa desarrolladora del buscador de internet más importante del mundo. Nuestro Google, vaya, con todos sus colosales avances y análisis constantes de los flujos de información. Caleb gana un concurso en la empresa cuyo premio es asistir durante una semana a la residencia privada del CEO de Bluebook, el inaccesible Nathan Bateman, un tipo que inventó las bases de su popular buscador con solo 13 años y que ahora vive en algún lugar secreto en un estado montañoso de su propiedad.

Todavía impresionado por el grado de aislamiento y la belleza del entorno, Caleb es recibido por su jefe, un personaje ambiguo y carismático que dice haberle elegido para realizar una tarea que se intuye histórica, como pocas antes en la trayectoria de la humanidad. Tras hacerle firmar un exigente acuerdo de confidencialidad, Bateman le revela que deberá afrontar un Test de Turing; en otras palabras, deberá relacionarse con otro ser aparentemente inteligente para evaluar si tiene conciencia. Este reto, ya de por si interesante, asciende de nivel cuando su jefe le presenta a AVA, un ser visiblemente artificial, un androide muy sofisticado y dotado de expresiones faciales realistas en extremo. Ante esta revelación, Caleb le pregunta a su jefe qué sentido tiene hacer el test, ahora que ya sabe que AVA es un ser artificial. Nathan Bateman responde con firmeza que el motivo de traerle aquí no ha sido para que adivine si su interlocutor es humano o artificial: se trata de que, sabiendo que es un ser artificial, evalúe si dispone de auténtica consciencia.

A partir de este momento comienzan una serie de sesiones en las que Caleb se relaciona con AVA, mediante conversaciones y siempre separados por un muro de cristal. AVA reside en su propio apartamento, controlada y evaluada en todo momento por las cámaras del jefe, mientras que Caleb dispone de su propia habitación y libre acceso a ciertas dependencias (otras están vetadas) de la residencia de Nathan. El comportamiento obsesivo del jefe y su problema con el alcohol, ciertos detalles que se van revelando paulatinamente, unos extraños y reiterados cortes de energía y la paranoia causada por la imposibilidad de acceder a ciertas secciones del complejo y, en especial, la relación con AVA, van haciendo mella en el protagonista.  Apenas unos días después de su llegada, Caleb comienza dudar de todo y a sentirse en una ratonera donde resulta difícil discernir quién es el verdadero objeto y sujeto del experimento.

Transgredir los géneros
Alex Garland vuelve a hacerlo y propone una historia en un contexto y género aparentemente definido como la sci-fi, para comenzar a transgredirlo poco después. Es algo habitual en sus grandes trabajos (The Beach, 28 Days Later, Sunshine…) hacernos creer que estamos ante una propuesta de género para luego irnos sorprendiendo con otros elementos, como el uso intenso del drama y momentos de auténtica tensión (horror diría yo) que nos dejan fascinados y descolocaos por igual. Podríamos decir que Ex Machina es un thriller “futurista”, un drama científico o una estilizada y aséptica historia de suspense. Da igual, Garland reúne, agita sin mezclar y ofrece un resultado sin fisuras, que convierte a Ex Machina en un excelente debut como director, con uno de sus mejores guiones.

El factor humano en los límites de lo humano
El film vuelve a incidir en los mismos puntos esenciales que Garland ha trabajado con anterioridad: personas expuestas a una situación límite, a dilemas extremos. En 28 Days Later se trataba de una epidemia mundial, en Sunshine de reactivar un sol agonizante que amenaza con la extinción y en Ex Machina nos enfrentamos a la Singularidad, ese punto sin retorno que puede suponer el momento en el que las máquinas sean más inteligentes que nosotros y capaces de gestionarse a si mismas y a su entorno. Estas situaciones fronterizas tienen algo de tramposo porque como espectador nos arrastran de forma maquiavélica hacia nuestros miedos más atávicos, pero son pocos los autores que sacan verdadera punta a esas posibilidades y que, además, no se pierden en una escala de conflictos tan enorme. El foco de Garland está siempre en los personajes y en sus conflictos dramáticos principales. En Ex Machina, el autor sublima su manera de proceder y nos ofrece una historia con muy pocos personajes, en un entorno muy reducido y alrededor de un conflicto muy concreto, cuyas grandes dimensiones vamos descubriendo poco a poco, capa tras capa.

El Alex Garland director
Hay que admitirlo: para ser su primera vez tras las cámaras, el resultado es admirable. Se nota toda la experiencia adquirida trabajando junto al gran Danny Boyle y en los aspectos de producción ejecutiva que ya conocía y había resuelto favorablemente en otras películas. Más allá de alguna escena que me pareció algo precipitada en relación al ritmo general y cierta ligeras concesiones para dar entender algunos puntos de forma excesivamente evidente, el film está construido de manera excelente. Tal vez la influencia de Boyle pesa mucho todavía, en la estética y en la manera de plantear el montaje, pero… ¿Acaso Boyle no se ha influenciado con las historias de Garland para sus principales films? ¿Dónde empieza el aporte de uno y acaba el del otro? Creo que ambos concibieron juntos una manera de crear un nuevo estilo de ficción y ambos le sacarán el máximo partido en sus respectivas carreras.

La música para el final
No quiero acabar sin aplaudir el excelente trabajo del compositor Ben Salisbury en la banda sonora, co-compuesta junto a Geoff Barrow. Texturas sintéticas sutiles, quirúrgicas, que acentúan con precisión el aislamiento y la creciente tensión que va dando lugar en el complejo de investigación. Son ese tipo tipo de atmósferas sonoras que no se advierten de forma consciente pero que contribuyen de forma determinante al tono emocional. Esa norma sutil se altera en un par de ocasiones, elevando la vibración emocional de la escena hasta extremos límite.

Como decía al comenzar el post, envidio y admiro a Alex Garland como creador de historias. Siento una afinidad tremenda su por manera de enfocar la ficción y por su visión estética, su desarrollo de personajes y los conflictos que recrea. Comprobar que ha sido capaz de dirigir con tanto talento una de sus propias historias me deja muy emocionado y con ganas de seguir, aún más si cabe, sus nuevos proyectos. Te dejo con el trailer y con un enlace a la banda sonora en Spotify.

Banda sonora de Ex Machina (en Spotify)

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