Recuerdos del ayer – Isao Takahata 1991

Aunque hace más de una década que profeso absoluta devoción a Ghibli, es igual de cierto que solo conocía las obras de Hayao Miyazaki, pre-suponiendo que el resto de material del estudio debía ser anecdótico y menos interesante. Craso error. Que malo es pre-suponer y cuantas cosas nos induce a perdernos. Ha bastado con dar un vistazo a otras películas de Ghibli, no producidas directamente por Miyazaki, para darme cuenta de que hay mucho y muy bueno por descubrir.

Con el título original japonés de Omohide poro poro (Los recuerdos no se olvidan), el realizador Isao Takahata afrontaba un ambicioso largometraje de animación, destinado a un público adulto, tres años después de la que se considera su obra maestra, La tumba de las luciérnagas. Estrenada en Japón en 1991 (en España no se estrenaría hasta 2010), Recuerdos del Ayer supuso un nuevo éxito para Ghibli, especialmente en Japón.

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Takahata, como digo, es un nombre menos conocido que el de Miyazaki, aunque haya ganado relevancia estas últimas semanas debido a su candidatura a los Oscars con su obra maestra, Kaguyahime no Monogatari (El cuento de la princesa Kaguya), un galardón que no ganó, como era de esperar, en un certamen donde poco importa la calidad artística. Es de justicia, pues, ubicar donde corresponde a un maestro que contribuyó con su talento (antes de fundar Ghibli junto a su socio Miyazaki) a obras de animación tan populares y universales como Heidi, la niña de los Alpes, Marco, de los Apeninos a los Andes y Ana de las tejas verdes. En estos momentos estoy realizando una revisión tranquila y placentera de toda su obra y espero compartir bien pronto un post sobre su carrera completa. Pero volvamos al tema que me impulsa a escribir el post de hoy: el film Recuerdos del ayer.

Nos encontramos ante una historia de corte costumbrista, luminosa y verosímil, protagonizada por una joven de veintisiete años llamada Taeko Okajima. Lo de la edad no es circunstancial ya que Taeko se encuentra en mitad de ese proceso, cerca de los treinta, en que muchas personas se replantean cosas sobre su vida; un momento en el que comenzamos a ser conscientes de que la infancia y la juventud (entendiendo como juventud la efervescente adolescencia) ya han quedado irremisiblemente atrás. Así es como conocemos a Taeko, algo confusa y dispersa. Me gustó especialmente que el personaje no comenzara en un punto más extremo, deprimida o realmente desorientada. En realidad, la muchacha está animada y con el corazón alegre, pero nos transmite una melancolía tierna, que conecta de forma evidente con su pasado. Es precisamente recordando los días de infancia que se establece el plot del film. Taeko decide regresar a Yamagata, el pueblo de su cuñada, donde estuvo de pequeña y pasó muy gratos momentos.

Otras de las delicias del film sucede precisamente mientras Taeko viaja hacia Yamagata, donde comenzamos a asomarnos a sus recuerdos y conocemos a la niña que fue, sus raíces, lo que la emocionaba, lo que la reprimía. La historia de Taeko no es muy diferente a la de cualquier muchacha japonesa de los setenta. En realidad está tan bien narrado que incluso desde mi enfoque occidental me sentí identificado con muchas de las anécdotas familiares y de la escuela. Es emocionante ver como la frontera del tiempo y el espacio se difumina tanto en ciertos momentos que la propia Taeko comienza a pensar que aquella niña que fue tiene algo que explicarle y que seguramente tiene las respuestas que necesita sobre hacia cómo encaminar su vida.

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Isao Takahata despliega en Recuerdos del ayer un talento enorme a todos los niveles, de esa manera que solo un excelente narrador puede permitirse: desapareciendo. Todo en este film es tan exquisito y está tan en su sitio (animación, desarrollo de personajes, guión, atmósfera, localizaciones…) que cuesta darse cuenta que estamos viendo una obra de animación. No hay ostentación, pero no falta ni un detalle. Muchas de esas mentes que siguen asociando la animación con el concepto “infantil” deberían darle un vistazo a ese film para entender que es un lenguaje tan complejo y versátil (en algunos casos, más) que la filmación de imagen real.

Al fin, Taeko llega a Yamagata y es recibida por Toshio, un joven granjero al que apenas reconoce, porque no lo veía desde que era un niño como ella. El hecho de que tengan la misma edad y los mismos intereses genera una química sencilla y efectiva entre ellos. Es agradable y reconfortante escucharles hablar durante el trayecto hacia la casa familiar y para mi supone también otro de los grandes momentos del film. Entre otras cosas, descubrimos el desencanto de Taeko respecto a su vida urbanita en Tokyo. Admito que fue el momento donde me enamoré del todo del film, porque sus sentimientos y sus reflexiones sobre la necesidad de volver a un modo de vida más auténtico, a una escala más humana y cercana a la naturaleza, me parecieron hermosas. Al mismo tiempo, el personaje de Toshio, que representa al arquetipo de joven optimista y que apuesta por seguir la tradición, nos ayuda a comprender que ser agricultor no es fácil y requiere sacrificios. Es una vida más dura, menos cómoda pero más plena, sin lugar a dudas.

El resto del film supone el nudo de la historia y se concentra en la re-conexión de Taeko con sus recuerdos de la infancia y la aproximación a ese modo de vida rural que tanta serenidad le aporta. La muchacha se entrega a las labores del campo, se abre, florece y aprende tanto como puede. Y lo hace sin prisa y sin pausa, con una actitud muy slow, que dan lugar a unas vacaciones plenas, auténticas, donde las relaciones familiares, el ritmo de las cosechas y la atención a las costumbres marcan el ritmo. En este ambiente, Taeko y Toshio se aproximan cada vez más y se establece un vínculo un tanto ambiguo, donde no estamos seguros de qué sentimientos tiene Taeko en realidad. Al final, cuando se aproxima la despedida, las preguntas que quedan en el aire son: ¿realmente quiere volver a Tokyo Taeko? ¿Esto es solo un paréntesis en su vida? ¿Una nueva colección de recuerdos agradables, como aquellos de la infancia, que poder atesorar? ¿Puede una mujer urbanita como ella ir más allá y plantearse un verdadero cambio vital? ¿Y qué papel juega Toshio en todo esto? ¿Están realmente enamorados? No es mi intención darte las respuestas en este post, como podrás imaginar. Hazte un favor y ve la película, en uno de esos días donde tengas la sensibilidad a flor de piel.

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Más allá del argumento de la historia, que puede apetecer más o menos según el momento vital del espectador y su empatía hacia los temas que se tratan, el film tiene otro valor artístico sobresaliente: Isao Takahata quería imprimir grandes dosis de realismo en la expresividad de los personajes. No hablo de un realismo naturalista, sino expresivo: quería que los personajes transmitieran emociones sutiles y complejas, para generar verdadera empatía con el espectador. Tal fue el grado de obsesión con este tema que la película se retrasó más de un año respecto a la fecha de estreno prevista porque Takahata quiso refinar en extremo esas expresiones faciales y, en especial, la sincronía gestual con los diálogos: una de las maneras de conseguirlo fue trabajar la animación sobre los diálogos pre-grabados, algo que suele resolverse a la inversa en la mayoría de ocasiones. Lo cierto es que se nota, y mucho.

Para acabar, y más allá de todo lo que he comentado, me gustaría compartir algo contigo: Recuerdos del Ayer ha sido la primera película de animación (y la única película en estos últimos años) que ha inundado mis ojos de lágrimas. Fue durante los minutos finales, en un momento en el que ya no me esperaba ciertos acontecimientos, cuando la sublime comunión de música, imágenes y situaciones me inflamó con un sentimiento que, de algún modo, conectaba con algo muy especial y profundo para mi: la relación con nuestro niño interior, aquel que, en efecto, parece tener todas las respuestas que necesitamos para las preguntas que nos hacemos como adultos. Por esto y por todo lo que he comentado antes, es una película que recomiendo a las personas que estén realizando un proceso de transformación personal y de re-conexión con las raíces familiares, personales y naturales.

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