El Grand Guignol del Circo de los Horrores

El pasado martes 13 de febrero, cuando la tarde agonizaba, acudí a la Carpa Negra del Circo de los Horrores en muy buena compañía. Tras sortear las verjas de la entrada, un pálido monje nos señaló el acceso a un hall donde los más impacientes y curiosos (nosotros entre ellos) ya hacían cola, flanqueando un camposanto de tumbas de cartón piedra y tierra removida. En aquellos minutos de espera, mientras brotaban agónicos lamentos y otros espeluznantes ruidos desde el sistema de sonido, no pude evitar analizar la situación. Centenares de personas (luego calculé que no menos de 800, durante el espectáculo) nos estábamos reuniendo a última hora de la tarde, en una ciudad cosmopólita como Barcelona, bajo una carpa negra, para contemplar un evento que prometía horror, oscuridad, grandes dosis de humor (negro) y arte circense. Ya sabemos que los circos siguen existiendo con más pena que gloria, salvo excepciones como el Circ du Soleil. Mantener a flote el negocio es duro y sacrificado. Completar el aforo es un sueño de tiempos mejores. ¿Cuál es entonces el secreto del éxito de este Circo de los Horrores? Mi mente viajó de inmediato a otra gran ciudad y a otra época, tratando de encontrar una respuesta.

París, 1897
Ahora estamos haciendo cola en un estrecho callejón adoquinado del barrio de La Pigalle. Apenas somos una decena las personas esperando a que abran las puertas. Algunos transeúntes caminan discretos por las cercanías. Por mucho que disimulen, también están esperando a que se permita el acceso. Prefieren ser discretos. El espectáculo que se ofrece no se corresponde con el decoro parisino.

Ante nosotros está la fachada del Theatre du Grand Guignol, señorial, con aires neoclásicos. No obstante, mi mirada (y el resto de miradas de soslayo de los que hacemos cola) se concentran en el cartel de la sesión de hoy que parece diseñado por un discípulo de Toulouse-Lautrec tras abusar de la absenta: Un título provocador sobre una prostituta, varios personajes dibujados, de baja alcurnia, alguno en actitud indecorosa. La más hermosa, vestida para la seducción, blande un enorme cuchillo. Manchas de rojo sobre gris, rotundas letras de palo seco. Drama en dos actos.

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Abren la taquilla y minutos después ponemos el pie en el interior del teatro, abriéndonos paso entre pesados cortinajes, avanzando en la penumbra. La platea aparece ante nosotros; unas doscientas butacas, coronadas por algunos palcos; paneles pintados con escenas apocalípticas. Y dos grandes ángeles de madera flanqueando el escenario, sonrientes. Todo está impregnado de un vetusto olor a cera e incienso. No es atrezzo, son los vestigios de una capilla neogótica que estuvo activa hasta la revolución francesa y que adquirió el atrevido empresario Óscar Méténier para convertirla en sede de su proyecto sobre teatro naturalista.

Antes de emprender con el Theatre du Grand Guignol, el señor Métenier había sido policía. De los que acompañan a los reos condenados a muerte en sus últimos momentos. No cabe duda de que sabía un rato de realismo y naturalismo.

El propio nombre del teatro es una declaración de intenciones: Grand Guignol significa literalmente Gran Teatro de Marionetas y con ello se nos transmite la idea del hombre como muñeco dominado por su herencia biológica y su condicionamiento social.

La voz se ha corrido muy rápido por París: hay un teatro, pequeño y lóbrego, donde los protagonistas son prostitutas, policías, burgueses caídos y proletarios. Obras que muestran la cara más oscura y sarcástica del ser humano, sin tapujos y en las que se simulan atrocidades en escena, muy realistas. Las que se leen en los periódicos y gacetillas de toda Europa. Los que han acudido a alguna sesión hablan de detalles dantescos, de sangre derramada sobre la tarima, de espectadores tapándose los ojos con las manos (y mirando entre las rendijas de sus dedos) e incluso desmayos debidos a la impresión. Muchos de ellos, pese a todo, vuelven una y otra vez.

El telón comienza a abrirse. En la penumbra se intuyen las formas de una decrépita habitación de hotel. Una hermosa mujer entra a escena por una puerta, apenas cubierta por un camisón de raso que se ciñe a su sinuosa anatomía. Enciende un cigarro, mira nerviosa por una ventana y abre sus labios rojos para pronunciar la primera frase… que es interrumpida por una voz masculina: “Policía, abandonen este antro, la obra ha sido censurada”

París, 1905
El Theatre du Grand Guignol ha cambiado de manos. Ahora lo dirige Max Maurey, que ha elevado la idea del fundador a nuevas cotas de truculencia. El éxito de las funciones se mide en base a la cantidad de desmayos que provocan. En ocasiones han llegado a contabilizar hasta quince. Incluso hay un médico contratado en la sala para atender tal cantidad de desvanecimientos. Maurey no ha escatimado en recursos y eso se está traduciendo en un buen retorno y gran popularidad. Ha contratado buenos dramaturgos, como André de Lorde, apodado Príncipe del Terror, especializado en tratar temas sobre la locura en una época donde la ciencia apenas ha comenzado a catalogarla. Maurey se rodea también de innovadores escenógrafos que consiguen recrear espeluznantes atmósferas y han introducido efectos especiales que quitan el aliento. La obra de hoy, Crimen Dans une maison des Fous, da fe de ello: un manicomio, una paciente recién llegada y dos ancianas trastornadas buscando un cuco; no se les ocurre mejor sitio que buscar en el interior de la cabeza de la protagonista. Deciden sacarle los ojos con unas tijeras y tanto se frustran al no encontrarlo que revientan la cabeza de la recién llegada contra una estufa encendida. La protagonista canta en plena vorágine de locura, salpicando sangre por todas partes y provocando nuevos desmayos y algunas manchas entre las primeras filas de la platea. Antes de que la repugnancia y la adrenalina alcancen cotas insoportables, cae el telón. Instantes después se abre de nuevo y ofrecen una obra cómica, que relaja los ánimos y convierte el pulso de nuestras entrañas en una montaña rusa.

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París, 1920
Se abre el telón. La obra de hoy promete. El teatro ha vuelto a cambiar de director y ahora está en manos de Camille Choisi, un tipo que ha seguido refinando la puesta en escena y los efectos visuales, dejando algo de lado la calidad de los textos. No importa demasiado porque lo compensa con verdaderas malabares escénicas. Hoy mismo, sobre el escenario, podemos ver una sala de operaciones completa y tan realista que asusta, así, sin más. En realidad la ha comprado, es una sala de operaciones real. Solo falta una cosa para que el público se entregue por completo… la aparición en escena de Paula Maxa, una actriz que lleva tres años contratada y que ya se está ganando el mérito de “ser la mujer más asesinada del mundo”. Cuando acabe su carrera podrá presumir de que le dispararon con un rifle y un revólver, le arrancaron el cuero cabelludo, la estrangularon, destriparon, violaron, guillotinaron, ahorcaron, descuartizaron, quemaron, la cortaron por la mitad, la diseccionaron con herramientas quirúrgicas y lancetas, la partieron en ochenta y tres piezas con una daga española invisible, la picó un escorpión, la envenenaron con arsénico, la devoró un puma, fue estrangulada con un collar de perlas y azotada; también fue besada por un leproso y sometida a una metamorfosis muy inusual, que será descrita así por un crítico de teatro:

“Durante doscientas noches seguidas, ella simplemente se descompuso en el escenario, delante de un audiencia que no se habría levantado de sus asientos ni por todo el oro en las Américas. La operación duraba unos dos minutos en los que la joven, poco a poco, era transformada en un cadáver abominable”.

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París, 1961
Se abre el telón ante una platea casi vacía. Los palcos, antiguas celdas de las monjas que vivían en la capilla barroca, están cerrados desde hace mucho tiempo. La obra apenas tarda unos minutos en revelar sus trucos, que se han vuelto previsibles y gratuitos, carentes de credibilidad. El Theatre du Grand Guignol, tras más de seis décadas de vida, se ha convertido en una caricatura de si mismo. En menos de un año cerrará sus puertas para siempre, tras una lenta agonía de obras anecdóticas y reposiciones fallidas de sus grandes clásicos. Es el fin de esta particular Casa del Horror que estableció un género propio y, reconozcámoslo, proveyó a una importante parte de la población parisina de su ración de sombras y bajas pasiones controladas y ficticias, tan necesarias en un período donde la guerra y la fría revolución industrial ponían a prueba la capacidad del ser humano para controlar sus instintos.

Barcelona, 2015. Volviendo al Circo de lo Horrores
Cambiamos el telón por una carpa negra y el escenario por la pista central de un circo. Mientras nos sentamos en unas gradas en penumbras, las máquinas de humo difuminan las fronteras entre la realidad y las pesadillas. Siluetas amenazantes hacen de anfitriones; el público ocupa sus localidades: macabros payasos, monjas poseídas, novias-cadáver y psicópatas con moto-sierras. Gritos, gestos obscenos, chistes macabros, sonrisas nerviosas… Se hace el silencio y una mujer enana, vestida de niña de otro tiempo, comienza a explicarnos una historia. Tras ella, un jocoso vampiro comienza a ejercer de maestro de ceremonias, equilibrando con sublime maestría la provocación y el humor. Nos esperan niñas poseídas que se contorsionan, cadáveres que se balancean en sus propias mortajas, zombies renacidos por magia vudú que se exponen al fuego, sensuales muertas vivientes que igual hacen un streaptesse que lanzan cuchillos contra algún infeliz seleccionado entre el público… y pequeños interludios de humor, negro, ácido y molesto, que combina perfectamente y nos agita el ánimo, como hacían en aquel pequeño y lóbrego teatro de París.

circo_horrores_capricho_de_mamiferos

Me disculparás por esta larga elipsis, pero la creía interesante y necesaria para seguir con la reflexión que hacía al principio del artículo: ¿A qué se debe el éxito de un espectáculo como El Circo de los Horrores en pleno 2015? Diría que a los mismos motivos que tenía en su día el Theatre du Grand Guignol. Hay algo popular y adictivo en eso de revolcarnos en las sombras, jugar con ellas, como juega un niño con una cerilla, sabiendo que puede quemarse un poco, pero nunca de forma grave. Lo reconozcamos o no, todos tenemos bajas pasiones y oscuros sentimientos que tratamos de domesticar. El miedo a la muerte y al dolor, los diversos grados de sadismo y masoquismo que fluyen por nuestras venas y que se ponen a prueba en una sociedad que ha cambiado la revolución industrial por la tecnológica y la masificación por el aislamiento, dejan mucho espacio para las tinieblas. El Grand Guignol se especializó en las manifestaciones ficticias de esos horrores y se ganó un espacio en la historia.

Otros herederos del Grand Guignol
No quisiera acabar sin hacer referencia a otro proyecto actual que, al igual que el Circo de los Horrores, mantiene viva esta tradición. Se trata del proyecto Thrillpeddlers que lleva unos 20 años asentado y activo en San Francisco, combinando la esencia del Grand Guignol con hilarantes piezas musicales y otras tendencias artísticas como el Burlesque. Los propios responsables del proyecto también son los autores de uno de los sites más importantes del mundo sobre la tradición del Grand Guignol, grandguignol.com, al que te recomiendo acudir si deseas conocer más detalles sobre una de las manifestaciones escénicas más peculiares de la historia

Otras fuentes recomendadas:

Grand Guignol, la bestia humana, un artículo del Blog de historia de las artes del espectáculo.

The gore of Grand Guignol, un artículo en la Eric Hart Props Agenda.

Vídeo sobre el Grand Guignol de la serie Midnight Archives.

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