Las Brujas de Westwood

Siempre me pasa lo mismo con todos los cómics guionizados por El Torres: me siento atraído enormemente por el planteamiento de su portada, para pasar por una ligera decepción durante las primeras páginas. Por fortuna, poco después, siempre me engancho de algún u otro modo a la historia y acabo devorándola, quedando más que satisfecho.

Lo de las portadas es lógico: El Torres siempre se ha rodeado de excelentes dibujantes e ilustradores. Sabe que son una pieza clave en su planteamiento del horror, que no es excesivamente sofisticado. El Torres es más de la escuela de lo evidente, del impacto, pero eso no significa que descuide la atmósfera y que no sepa lidiar con los tan necesarios elementos velados que debe contener una buena obra para no caer en el pastiche del simple miedo. Lo de Torres es terror, con algunas dosis (pequeñas, pero buenas) de horror, que legitiman el conjunto. En este punto, Torres es uno de los narradores más equilibrados que conozco, y sabe situar las suficientes dosis de gore, sustos, puntazos psicológicos y arquetipos para contentar a un público amplio y variado. Seguro que esta capacidad suya tiene bastante que ver con el estatus que ha conseguido, de autor de referencia en el mundo del cómic de terror.

Hasta ahora, y temiendo que se me escape alguna obra primeriza, El Torres nos ha brindado cuatro proyectos: El Velo (que ya analicé en un post anterior), El Bosque de los Suicidas, Tambores y el que hoy me ocupa: Las Brujas de Westwood, recientemente publicado en castellano.

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Un cómic con mal de ojo
Me sorprendió ver que, a diferencia de sus anteriores proyectos, El Torres contaba esta vez con varios dibujantes, con sus respectivos coloristas, para dar forma a la obra. No es algo que me molestara, pero tampoco me pasó desapercibido y me hizo pensar en las razones que pudo haber para ello: él mismo las aclara en el apéndice final. Aunque en nuestro país estamos acostumbrados a leer sus obras en tomos únicos, la publicación original se realiza en formato serie de 4 números. Al parecer, el primer número tuvo buena acogida y sirvió, además, como avance de un nuevo proyecto editorial independiente. Fue entonces cuando, además de los típicos mensajes de aficionados y seguidores, El Torres recibió una larga carta por parte de una asociación real de brujería, que le mostraban su profunda indignación por la visión desafortunada de la práctica brujeril que promovía el cómic y que se alejaba de lo que esta asociación quería promover: la normalización de estas ancestrales prácticas. Torres hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su caso: reírse para sus adentros y seguir adelante con el proyecto. Y ocurrió que el segundo número estuvo plagado de incidentes funestos. En sus propias palabras: “Ficheros que se perdían, Pequeños fallos en la imprenta que resultaban costosos. Y luego, pum. Los pedidos del segundo número fueron un verdadero fisco”.

Tal fue así que Abel García, el dibujante asociado al proyecto, tuvo que abandonarlo en el segundo número y a punto estuvieron de cerrar la serie. Por suerte, Roger Bonet y la colorista Eva Román arrimaron el hombro y ayudaron a sacar adelante el tercer número, aunque no fue fácil: mucho retraso y distribuidores/vendedores molestos. Lo consiguieron, aunque este tándem improvisado no podía afrontar el cuarto y último número sin causar mas retrasos. Fue entonces cuando aparecieron Ángel Hernández y la colorista Esther Sanz (sí, también me ha sorprendido este nuevo arquetipo de dibujante hombre + colorista mujer), que aportaron un cierre de serie magnífico.

Como buen narrador, El Torres supo sacar punta a la situación, comentando en redes y foros sus sospechas sobre la repentina y misteriosa mala suerte de la serie tras la carta de la asociación de brujería. Seguro que la gracia de este mito, al que estoy contribuyendo con estas líneas, aportó bastante a la recuperación de la serie. Somos así de morbosos.

Ya más tranquilo, y con la dignidad y el bolsillo recuperados del susto, Torres quiso plantear mejoras de cara al tomo único que se publicaría en castellano. Lamentándolo mucho, y en una decisión coherente a mi juicio, le pidió a Ángel Hernández que re-dibujara el tercer tomo, que había dibujado in extremis Roger Bonet, de manera que la obra quedó compensada, con la primera mitad dibujada por García y la segunda por Hernández.

Cosa de Brujas
Dejando de lado la curiosa anécdota de su concepción, retomo el hilo del análisis de Las Brujas de Westwood, el tomo único en castellano publicado en España por Dibbuks. Como te decía al principio,  siempre me ocurre que en la primeras páginas de los cómics de Torres me da algo de bajona, al encontrarme con ciertos planteamientos y clichés que me parecen excesivamente manidos. En este caso, el del escritor con crisis creativa que, tras un suceso luctusoso familiar, se traslada de ciudad, volviendo a la región de su infancia, acompañado de su pareja, una tipa que resulta bastante indeseable desde la primera viñeta en la que asoma. Resulta que el pueblo no es lo que parece, que hay cierto grupúsculo de practicantes de brujería haciendo sus cochinadas bajo la apariencia (nuevo cliché) de vecindario amable y decente.

Por fortuna, y como me ha pasado en todos sus cómics, antes de que me venza el tedio, aparecen algunos ingredientes, en este caso con cierto punto Rob Zombie (los paralelismos con el film The Lords of Salem puede ser casuales, pero son reales) que ayudan a mantenerme atento. Y la cosa mejora, se sofistica y avanza a buen ritmo. No hay grandes sorpresas, y si se intuye alguna pretensión de giro de guión, la verdad es que no me parece de gran impacto. Pero da igual, los ingredientes que se van cociendo en la narración van ligando bien, mientras el buen trabajo visual se mantiene a la altura. La mayoría de personajes están muy bien definidos, aunque otros no logran deshacerse de esos clichés que te decía, pero tampoco es que moleste. Es esa parte de Torres que consigue conectar con el gran público, adoptando algunos estándares bien aceptados del nuevo cine de terror.

A mi juicio, Las Brujas de Westwood no supera en calidad e impacto emocional a El Bosque de los Suicidas, pero rivaliza sin problemas con El Velo y saca algunas brazas de ventaja a Tambores. Espero que los problemas que El Torres ha sufrido para sacar adelante este último proyecto no le hagan abandonar un género que tan buenos frutos le está dando y donde estamos tan necesitados de narradores decentes.

 

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